Llevaba trescientos mil pesos y la vida de ella en una fundita.
Era un día precioso de octubre y caminaba con un vestidito azul de flores amarillas, un sweater blanco y unos pseudo Converse hasta los tobillos. Me deslizaba casi de puntitas y con mirada vacante en un edificio de diseño arbitrario, lleno de gente rara y desechable.
Esa pobre gente era gente pobre, por lo que el nepotismo, los relations y los fishing buddies de papi los desimportantizaron frente a la dueña de mi fundita. Procesos de un mes de pendejadas burocráticas para un simple mortal se resumieron en 6 días para la Doña del Don. Ella es blanca y árabe; Ella es más importante que los otros semi-muertos. Ella es mi mamá.
Caminé con prisa escaleras arriba. Una enorme superficie fenétrea acompañaba a la escalera mientras dejaba colar una luz amarillenta y turbia por el sucio dampalón. No me gusta el dampalón, mucho meno' el de colores.
Se convertía esa escalera en mi wingman, mi pana, durante todo el día que estoica y silente me escuchaba berrinchar sobre el estatus quo corriente, sobre la vida y sus abusos, sobre el poder de estar ausente. Era ese tramo del camino donde saciaba la sed de silencio, ahuyentando los “Si Dios quiere”, los “No es mentira”, los “Es No-Hodgkin, va en serio”.
Me deslizaba firmemente por los pasillos de La Plaza, esquivando la mirada de los residentes con desdén ultrafemenino, matando el tiempo entre farmacia, hemato' y quimio. Me aferraba a la fundita, la agarraba por el cuello, no se fueran a caer los meses de vida que había comprado, que había sufrido. Era bello.
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La primera noche de tratamiento coincidía con otro evento importante: Rescataban a 33 mineros en un país donde todos los hombres son sexys y las mujeres hablan bajito. Uno a uno la tierra iba pariendo uniformados; eran hermanos de Atacama, eran gerreros y soldados.
Las familias los esperaban en lo que llamaron Campamento Esperanza; desesperados, ansiosos, sudados y llenos de tierra; me sentí en comunión con el campamento. Me sentí parada frente a un hoyo sucio pidiendo a Gea mis entrañas de vuelta. Los potecitos que viajaban en la funda se van consumiendo uno a uno y la unidad de tiempo es mineros/potecito. Kytrill= dos mineros,
Fendramina= minero y medio,
Hidrocortisona= minero-y-ver-a-cual-de-las-mujeres-abraza-primero. Poco a poco iba goteando la vida en frasquitos de colores, en lágrimas saltinas, en doble vía y en noche.
Premedicación llevada a cabo, de los frascos surgió mi favorito, el protagonista, el más coqueto, el más bonito. Fue el Rituximab, una sustancia bermellón a la que al ser manipulada por las negrísimas manos de las enfermeras le salen burbujitas, aparentando ser refresco rojo. Me gusta el refresco rojo.
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Y de un brinco es doble noche. No queda nada que chorrear.
Ella está dormida. Yo estoy en choque.
Salgo al pasillo pa’ entonarme en la verdad. Ya no me encuentro los filos, ya no me luce el recuerdo, ya no sé ni donde estar.
Y me escupe la fea espera a un recinto oscuro y desabrido, desembocando en la escalera. Allí de nuevo en vestidito, uno que ahora llueve esferas; me acompañaban las trucas y los faroles de afuera. Parecía un film en blanco y negro, pero esta vez en amarillo; se tronaban los deseos, se filtraban del bolsillo. Y todo estaba allí, y yo tan sin destino, lloré como una niña, se me deshojaba el nido.
Llegó la hora del desplome, del tintingó, del reviente. Éramos ella y yo, y ese montro de frente.
Por fin estaba sola, por fin no tenía fuerzas, podía derrengarme, no había por qué ser Hera.
Y respiraba bien de fondo, duro y despacito, viendo a've si era de cromo que era este corazoncito. Podía casi sentir, los punto’e soldadura, cada vértebra en la espalda, encorvándose mi chakra, aflojando coyuntura.
Y dizque recogí fuerzas, sentá’ de nuevo en la escalera, tragando duro las entrañas que rozaban mi trastera. Había que sacar de abajo, había que da' una pela.
Perderá sueño, pelo y forro; mis hijos no tendrán abuela.
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Ya comenzaba a ser de día y supuse tener hambre.
Caminé a la cafetería con pasos lentos e intangibles, sin prisa, sin tutía que ese food court es pa' elefantes. Reparé en la comida y su dicotomía, la iverosímil mezcla de grasosa y desabría. Me convencí que to' ese brillo en las croquetas lo ha subsidiao' cardiología, pa' asegurar varios clientes, vea cuanta ideología. Y les puse cara fea, que uno come lo que crea; coño no venden cigarros, sí bombas de aceite y brea.
La muchacha del café, creo que se llama Lía, al ver mis ojos allá en el patio me preguntó que iba a comer sobre un mantel curtío y roto: –¿Qué usted quiere, señorita?
–Un platanito y un Garoto.
Ya iba a pasar la cuenta, el primer check-in del día, y se delvolvió a preguntarme si tomaría algo de tomar.
Yo reí de medio lado, por su cacofonía, por su amable trato, por toda la ironía.
Apresurada señalé, sobre el refrigerador,
le dije:
–Claro señorita,
Uno rojo, por favor.